De Santiago a Finis terrae

Recupero un relato que escribí en 2014 sobre el Camino de Santiago para la revista de la UNED de A Coruña «El Faro del Saber».

Con este breve escrito, desearía describir mi experiencia sobre El Camino. Son vivencias personales, y, como tales, susceptibles de no ser compartidas por todo el mundo.

En esta ocasión el trayecto consta de 88 kilómetros. Punto de partida, Santiago de Compostela; descansos en Negreira y Olveiroa para, en la etapa final, llegar al “finis terrae” de los romanos: Finisterre.

Esta es la tercera vez que emprendo el peregrinaje. La primera de ellas, en compañía de unos amigos y de una lluvia incesante y cansina, fue el Camino inglés. Mi segunda experiencia fue la del Camino del Norte; esencialmente distinto, no por el camino en sí, sino porque lo hice sin compañía. La verdad que son muchos kilómetros y cuando caminas esas etapas con cuestas pronunciadas, que parecen no tener fin, o te encuentras con caminos asfaltados, que te abrasan los pies, es casi como una bendición encontrarte con otros peregrinos y cruzar unas palabras o que algún señoriño, apostado en la puerta de su casa, te ofrezca un vaso de agua y te cuente sus peripecias, de cuando joven hizo la mili en Jaca (!) Al margen de estas probabilidades, son muchas horas en las que lo único que existe en el mundo eres tú y el exuberante verdor gallego. Buenos momentos para reflexionar, sin más distracción que la barrita energética, que notas, que se deshace en el bolsillo de la riñonera.

En este tercer peregrinaje, amanecimos sin nubes y un tímido sol que ya se dejaba ver en la plaza del Obradoiro (en esta ocasión me acompañaba una amiga). Y, con ánimo decidido, comenzamos nuestro camino. La primera etapa desde Santiago a Negreira es una etapa ligera, de unos 20 kilómetros, sin dificultades considerables y muy apropiada para calentar. Sobre el mediodía, llegamos a Negreira en donde degustamos el “menú del peregrino”, que no es otra cosa más que el menú del día de toda la vida. Por la tarde, le dimos un respiro a nuestros cansados pies, nos calzamos las chanclas y fuimos a remojarnos en un riachuelo que discurre justo detrás del albergue de peregrinos: el agua estaba fría y lo agradecimos. Con la oscuridad ya presente, nos fuimos a dormir en las “cómodas” literas.

La segunda etapa hasta Olveiroa es un poco más complicada; son más kilómetros, exactamente 32,6 y tiene alguna que otra pendiente pronunciada. Nos levantamos temprano, procurando no hacer ruido que pudiese interrumpir el sueño de otros peregrinos que todavía dormían; algo que, por cierto, no es habitual en este tipo de alojamientos. Nos regalamos un muy buen desayuno en el bar que hay enfrente al refugio y, sin más demora, emprendimos camino hasta Olveiroa. El único percance de esta etapa fue un despiste, despiste que yo atribuyo a la distracción provocada por la 44 amena charla de mi amiga y que ella me atribuye a mí por no seguir la señal de desvío; el resultado fueron 5 kilómetros por asfalto caliente a la hora en la que el sol más calienta; un despiste “destrozapies” que no llegó a provocar daños porque somos gente previsora y llevábamos recubiertas con esparadrapo, esas zonas de los pies en donde suelen salir las insufribles ampollas.

«La segunda etapa hasta Olveiroa es un poco más complicada»

Sobre las tres de la tarde pisamos Olveiroa, hambrientos y cansados. Después de comer algo, nos echamos tal siesta que, cuando despertamos ya era la hora de cenar. Apenas teníamos ganas de pasear por la zona; tomamos algo al fresquito de la terraza de un bar, cenamos y caímos rendidos, otra vez, en los brazos de Morfeo.

Tercera y última etapa. Nos despertamos animados, ansiosos; sabíamos que en pocas horas estaríamos en Fisterra. Con los cuerpos descansados, iniciamos el camino a las 6 de la mañana, bajo una niebla que llegó a calar nuestra ropa y que, en poco tiempo dejó asomarse al sol que nos había acompañado desde Santiago. Con toda seguridad esta fue la etapa más hermosa; la visión, por la orilla del mar de Cee, con Corcubión asomando al frente y el sol bañándolo todo, ya vale la pena. Con Corcubión a nuestra espalda y adivinando el faro de Fisterra, escuchamos por el móvil a Mago de Oz y su “la costa del silencio”, sensación placentera que nos amenizó y alivió el camino aunque también nos hizo recordar el desastre del “Prestige”.

Ya en el pueblo de Fisterra, no hay problemas para encontrar alojamiento, de hecho, hay personas que te lo ofrecen aunque tú no preguntes. Fuera mochila, ducha, ropa limpia y una buena y copiosa mariscada (¡me quedé con hambre!). La tarde transcurrió paseando por la playa, disfrutando del atardecer y la calma. Hacia la noche, el sonido de unas gaitas nos invitó a sumergirnos en el ambiente festivo del pueblo. De mañana, subimos hasta el faro, quemamos nuestros calcetines, como manda el ritual pagano y contemplamos la inmensidad del mar. ¡Habíamos llegado al finis terrae!.

Publicado en Reflexiones, Salud y Deporte.